I nvito a todos con este mensaje a que
N o permitan que abusen de ellas
T anto emocionalmente como sexualmente.
E l abuso puede afectarle mucho psicológicamente.
G eneralmente los niños son los mas afectados ya que
R eciben algo a cambio. recuerda mantenerte
I ntegro, por eso cuando te
D es cuenta de que han
A busado de ti, no esperes que pase el tiempo
D ENUNCIALO!!!
Para intelectuales
lunes, 2 de mayo de 2011
martes, 29 de marzo de 2011
UN MONTON DE CLAVOS
Espero que les guste este cuento con valores
Jaime era un niño muy impulsivo. Cuando se enojaba rompía lo que estaba a su alcance, gritaba y daba patadas contra la pared. Quienes vivían en aquella casa lo sabían, incluso las gallinas salían corriendo cuando lo veían de malas. Sus padres, Martín y Julia, ya no sabían qué hacer.
En una ocasión su amigo del rancho cercano fue a buscarlo para que salieran a jugar. Cuando le pidió permiso a doña Julia, ella se lo negó.
—No quiero que salgas porque puedes enfermarte.
—Ándale mamá, déjame.
—Mejor dile a tu amigo que jueguen aquí dentro, así él y tú pueden ponerse a…
Doña Julia no acababa de hablar cuando Jaime ya estaba furioso. Correteó a dos becerrillos y rompió tres jarros aventándolos contra el piso de la cocina. Se encerró en su cuarto y no salió a comer.
Esa noche, doña Julia le contó a su esposo. Éste se quedó pensando… Habían probado de todo; pero nada daba resultado. Al día siguiente informó a su esposa:
—No dormí, pero ya se me ocurrió algo.
Jaime apareció en la cocina y se sentó como si nada. Al terminar su desayuno Don Martín le dijo:
—Póngase su chamarra y acompáñeme.
Fueron al patio trasero, don Martín le dio un martillo y un puño de clavos.
—Mire mijo, usted es muy bravo y muy valiente, pero le voy a enseñar algo para que se le quite lo enojón. Traiga ese pedazo de madera.
Jaime obedeció y su padre le explicó:
—Cada que le entren los corajes venga aquí y clave un clavo en esta tarima.
El primer día hizo un coraje tremendo porque una mula lo salpicó de lodo. Fue al patio y clavó veinte clavos. En los días que siguieron, el número fue disminuyendo pues le parecía una tontería tener que estar clave y clave por cosas sin importancia. Jaime estaba aprendiendo a dominarse. Dos semanas después hubo un día en que ya no tuvo nada que clavar y lo dijo a su padre. Éste respondió:
—No va usted nada mal. Ahora, cada que se aguante los corajes, va a ir sacando un clavo de la tarima— le pidió.
Y así lo hizo por casi un mes hasta que el madero quedó limpio. Orgulloso, se lo mostró a sus padres. Don Martín lo felicitó y le dijo:
—Mire mijo, todos los agujeritos que quedaron en la tarima.
—Mire mijo, todos los agujeritos que quedaron en la tarima.
—Son rete hartos, papá.
— ¿Y puede quitarlos?
—Pues no… —respondió el pequeño.
—Para que vea: cuando se enoje quédese quieto y espere a que se le pase.
—Pues no… —respondió el pequeño.
—Para que vea: cuando se enoje quédese quieto y espere a que se le pase.
Al comprender que el enojo pasa, pero las acciones no se borran, Jaime aprendió a aguantar los corajes. Se convirtió en un muchacho simpático, contento y calmado que siempre andaba de buenas.
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