Espero que les guste este cuento con valores
Jaime era un niño muy impulsivo. Cuando se enojaba rompía lo que estaba a su alcance, gritaba y daba patadas contra la pared. Quienes vivían en aquella casa lo sabían, incluso las gallinas salían corriendo cuando lo veían de malas. Sus padres, Martín y Julia, ya no sabían qué hacer.
En una ocasión su amigo del rancho cercano fue a buscarlo para que salieran a jugar. Cuando le pidió permiso a doña Julia, ella se lo negó.
—No quiero que salgas porque puedes enfermarte.
—Ándale mamá, déjame.
—Mejor dile a tu amigo que jueguen aquí dentro, así él y tú pueden ponerse a…
Doña Julia no acababa de hablar cuando Jaime ya estaba furioso. Correteó a dos becerrillos y rompió tres jarros aventándolos contra el piso de la cocina. Se encerró en su cuarto y no salió a comer.
Esa noche, doña Julia le contó a su esposo. Éste se quedó pensando… Habían probado de todo; pero nada daba resultado. Al día siguiente informó a su esposa:
—No dormí, pero ya se me ocurrió algo.
Jaime apareció en la cocina y se sentó como si nada. Al terminar su desayuno Don Martín le dijo:
—Póngase su chamarra y acompáñeme.
Fueron al patio trasero, don Martín le dio un martillo y un puño de clavos.
—Mire mijo, usted es muy bravo y muy valiente, pero le voy a enseñar algo para que se le quite lo enojón. Traiga ese pedazo de madera.
Jaime obedeció y su padre le explicó:
—Cada que le entren los corajes venga aquí y clave un clavo en esta tarima.
El primer día hizo un coraje tremendo porque una mula lo salpicó de lodo. Fue al patio y clavó veinte clavos. En los días que siguieron, el número fue disminuyendo pues le parecía una tontería tener que estar clave y clave por cosas sin importancia. Jaime estaba aprendiendo a dominarse. Dos semanas después hubo un día en que ya no tuvo nada que clavar y lo dijo a su padre. Éste respondió:
—No va usted nada mal. Ahora, cada que se aguante los corajes, va a ir sacando un clavo de la tarima— le pidió.
Y así lo hizo por casi un mes hasta que el madero quedó limpio. Orgulloso, se lo mostró a sus padres. Don Martín lo felicitó y le dijo:
—Mire mijo, todos los agujeritos que quedaron en la tarima.
—Mire mijo, todos los agujeritos que quedaron en la tarima.
—Son rete hartos, papá.
— ¿Y puede quitarlos?
—Pues no… —respondió el pequeño.
—Para que vea: cuando se enoje quédese quieto y espere a que se le pase.
—Pues no… —respondió el pequeño.
—Para que vea: cuando se enoje quédese quieto y espere a que se le pase.
Al comprender que el enojo pasa, pero las acciones no se borran, Jaime aprendió a aguantar los corajes. Se convirtió en un muchacho simpático, contento y calmado que siempre andaba de buenas.